Sanar

Remembranza corporal

Es increíble como, también en nuestra mente, todo está interconectado, relacionado, vinculado. Cómo un evento nos puede remitir a otro, regresar a otro, enredarse mil veces y entretejerse con momentos de nuestra vida que pensamos haber olvidado, que pensamos que no tenían nada que ver entre sí. Llevo cinco días bastante enferma de las vías respiratorias, con fiebre muy alta que no cede, que me ha mantenido en cama por el cansacio, los dolores corporales, el mareo, la debilidad.Pues bien, ahora que volví a tener fiebre, recordé con el cuerpo –y no con la mente- esos meses en el hospital, de los cuales dos y medio los pasé con fiebre. Tenía un calor insoportable, sudaba, luego tenía escalofríos, me dolía la cabeza, quería dormir pero no podía, me dolía el cuerpo. Todos, todos los días. Pero el tema no es la fiebre en sí, sino esa sensación que me generaba: la forma en la que me significaba. Desde que la infección comenzó a tomar el control sobre mi cuerpo hasta llegar al shock séptico que casi se lleva mi vida, todos los días tenía fiebre. Aprendí a identificar claramente cuándo iba a empezar y qué tan alta estaba. Pasaban los días, mi cuerpa invadida de antibióticos y miles de sustancias más que llegaban por tubitos directo a mi corazón, ya no podía más. Empezaba a sentir los escalofríos recorrerme desde los pies hasta la cabeza, empezaba a temblar de frío, a sudar, a tener calor, a sentirme totalmente agotada, aturdida, exhausta. Y todo ello me hacía sentir que mi cuerpa estaba siendo derrotada, que estaba entregándose a la infección porque ya no podía más, porque estaba ya cansada de luchar. Todos los días sentía eso, junto con una angustia terrible por pensar que ahora sí, la infección me iba a derrotar y yo no iba a vivir más. Diario, diario, cuando me daba cuenta de que la fiebre venía de nuevo y sabía que, por otro día más, mi cuerpa no estaba pudiendo vencer a las bacterias que me comían por dentro.En estos días de fiebre, reviví con exactitud esa sensación: el desamparo, el cansancio, el saberme agotada de luchar.Sin embargo, también en momentos reviví otra sensación conocida por mí: esos efímeros momentos en que el analgésico hacía bien su función, que los medicamentos contra las náuseas funcionaban, que la fiebre bajaba y yo tenía unos momentos de tregua, que podía pensar, estar despierta, sonreír, y lo más importante, que tenía hambre y que comía con gusto. Eran gloriosos momentos que yo atesoraba por saberlos efímeros. Comía desesperada, llenando el hueco de semanas sin haber probado bocado o sin haberlo vomitado todo. Ayer, cuando por fin mi fiebre empezó a descender, tuve hambre, comí con desesperación y gusto, sintiendo el ánimo de que tal vez la enfermedad ya iba a terminar. La sensación se conectó con aquélla sensación misma pero hace año y medio, en el hospital, y sin poder evitarlo, me solté a llorar. Lloré porque me sentía frágil, lloré porque recordaba, lloré porque me sabía mortal, lloré porque me sabía viva.Pero sobre todo, lloré porque mi actual asesora de tesis me había mandado un audio diciéndome que me cuidara mucho, que me mejorara, que me mandaba un abrazo. Porque mis amigas estaban al pendiente de mí, me escribían, me llamaban, me deseaban cosas bonitas, se preocupaban por mí. Lloré porque me di cuenta de que, después de tanto dolor, pérdidas, violencia, enfermedad y errores, ahora tengo la vida que he elegido según lo que creo que merecer; porque hace cuatro años yo estaba en una crisis de salud mientras mi asesora me acosaba y me decía que qué lástima todo lo que estaba pasando en mi vida, pero que lo único que importaba era mi compromiso con Conacyt, porque mi pareja me tenía aislada de mi familia y de mis amigas y de toda red afectiva, haciéndome sentir que ella era lo único que tenía en el mundo.Lloré porque me di cuenta de que tuve que perderlo todo, proyectos, bienes materiales, amigas, espacios, la salud y casi la vida, para construir la vida que me merezco, para aprender a nunca jamás permitirme estar con quien no me quiere, no me valora y no me cuida: a poner límites.Y ahora yo soy mi principal cuidadora, y sé que en mí puedo confiar. Soy una cuidadora que aprendió a rodearse de mujeres que colaboran en ese proceso de cuidado, y que aprendió también que cuidar debe ser recíproco. Que aprendió que es fuerte, resistente, sabia, que lo único importante en la vida es la salud y los vínculos afectivos, y que aprendió que puede confiar en su intuición porque ella sabe qué es lo mejor para mí.He aprendido tantas cosas en estos años de hondos dolores, que sé que nada ha sido en vano: mi vida es otra, yo soy otra mucho más cercana a mí misma.Gracias a estas hermosas redes afectivas que hemos ido tejiendo juntas. Gracias, amoras.

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