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Feminismo

La transformación desde los afectos entre mujeres

Publicación: octubre de 2019 [1]

Nadia Rosso[2]

Desde hace varios años comencé a cuestionarme las dinámicas de las relaciones de pareja y sobre lo transgresor que podía ser el poliamor lésbico y terminé reflexionando, tras experiencias y vivencias, sobre cómo éste en sí mismo no transforma gran cosa. Tras análisis compartidos colectivamente, que cada día se profundizaban -es decir, se radicalizaban- más, comencé a darme cuenta de cómo y de cuántas formas diferentes, la colonización masculina hacia las mujeres logra disfrazarse de transgresión y liberación.

Buscando las raíces opresivas del amor romántico poco a poco llegué al núcleo del patriarcado: una heterosexualidad obligatoria y coercitiva, que se erige como institución, como régimen político y económico (Wittig, 1981; Rich, 1980) que se asegura de que las mujeres amen, deseen y, bajo esa justificación, sirvan a los hombres e incluso construyan su identidad en torno a sus deseos y necesidades (Lagarde, 1990). Dicha heterosexualidad permite que el conjunto de los hombres se apropien del tiempo, cuerpo, sexualidad y trabajo de las mujeres, y que esa apropiación -llamada patriarcado- siga perpetuándose con el paso de las décadas, adaptándose a los nuevos discursos y dinámicas sociales, mutando y reacomodándose de formas tramposas y sutiles para seguir subsistiendo. Si entendemos que el patriarcado se sustenta mediante una heterosexualidad que coerciona y convence a las mujeres de que su naturaleza esencial, incuestionable e inamovible es amar, desear y servir a los hombres (al mismo tiempo que castiga a quienes no logra someter mediante dicha coerción), y a su vez entendemos que el amor romántico es parte importantísima en esa coerción, podemos concluir por qué el amor romántico también sustenta al patriarcado.

Ahora bien, dicho heteropatriarcado[3] logra esconderse en los discursos que parecerían querer desmontarlo: se los apropia y se filtra en ellos, reinfectándolos desde dentro. ¿Por qué el poliamor y otras vertientes de crítica a la monogamia se han popularizado tanto en los últimos años? No es gratuita ni casual toda la circulación discursiva sobre el tema: documentales, programas de variedad, entrevistas, artículos, tesis y hasta mercancía en torno a este llamado “estilo de vida”. Tampoco es gratuito que en estos discursos popularizados quede intacta la crítica a la heterosexualidad como raíz del patriarcado, a la apropiación individual y colectiva (Colette, 1978) de las mujeres por parte de los hombres -poetizada mediante el amor romántico-. Una crítica superficial a la monogamia como exclusividad sexo-afectiva, lo único que transgrede es dicha exclusividad, que es sólo una de las muchas características constitutivas del amor romántico. De este modo, el poliamor se vuelve una justificación progre de la ya de por si justificada apropiación de varias mujeres por parte de un hombre, para que él pueda tener acceso a sus servicios no remunerados de trabajo doméstico, afectivos, sexuales, de cuidado. Esto, sin entrar en el detalle de que el castigo por el adulterio históricamente ha sido para las mujeres, porque ellas, en tanto propiedad, tienen que responder a su propietario y no pueden elegir a su “amo”, ni mucho menos cambiarlo (el feminicidio, sobre todo presente como castigo cuando las mujeres abandonan a sus parejas-dueños, es muestra clara de ello). Los hombres siempre han tenido el derecho y la posibilidad de poseer a varias mujeres, aunque en algunos momentos históricos y sociedades se les haya pedido discreción para no ensuciar la sacrosanta imagen de la familia nuclear monógama. Y aunque pareciera que para las mujeres esto significaría una liberación, se convierte en el “permiso”, también progre, de que una mujer pueda ser poseída por varios hombres (siempre y cuando siga cumpliendo sus obligaciones) con lo cual se multiplican los servicios gratuitos que esa mujer tiene que dar, ahora a varios hombres, enajenándola doble o triplemente de su tiempo, su cuerpo, su sexualidad, de sí misma, pues.

En el entendido, pues, de que el sostén y raíz del patriarcado es la heterosexualidad obligada que es la que asegura el acceso físico, afectivo y sexual de los hombres hacia las mujeres (Rich, 1980), y que es esta relación de apropiación y vasallaje (heterosexual) la que sostiene el patriarcado (y también al capitalismo) mediante el trabajo esclavizado -sin medida de tiempo ni valoración- ¿qué cambia si es una mujer apropiada por varios hombres o un hombre apropiándose de varias mujeres? ¿qué cambia si esa apropiación, base del patriarcado, sigue perpetuándose intacta? Romper con una exclusividad sexual y afectiva en un esquema heterosexual no trastoca en lo absoluto las raíces opresivas del amor. En esta crítica está, por supuesto, ausente también el tema de la soledad, del amor propio, la autoestima y la autonomía de las mujeres, a quienes nos dicen que nuestra finalidad última es casarnos y formar una familia (servir oficialmente a un hombre de manera permanente: darle nuestra fuerza de trabajo, sexualidad, cuerpo, tiempo… y para servir al conjunto de la sociedad con la labor de reproducción de seres humanos).

Ahora bien, en el caso de las relaciones lésbicas, sabemos que estas transgreden el orden heterosexual en tanto rompen con esa coerción que nos obliga a negarnos a nosotras mismas para afirmar a los hombres como centro, a aceptar como destino que debemos amar, desear y servir a quienes nos explotan, violan y asesinan sistemáticamente. Las relaciones lésbicas rompen también con la construcción de la feminidad como ser cuerpo-para-los-otros (Basaglia, 1983) y en cambio afirman a las mujeres como centro de la vida de las mujeres: como diría Tatiana da le Tierra, ser lesbiana es volver a nosotras mismas. Pero también sabemos que la heterosexualidad como régimen social, político y económico está implantada dentro de todas nosotras y que las lesbianas no escapamos a esa férrea colonización masculina: al contrario, somos un blanco importante porque nuestra existencia amenaza ese orden que privilegia a los hombres. Históricamente a las lesbianas se nos ha borrado, silenciado, censurado, reprimido, torturado, asesinado: exterminado. Pero la colonización es otra forma de aniquilar el potencial transformador de la lesbiandad: al ser absorbidas por la supuesta diversidad sexual o LGBTismo, también construidos desde el simbólico masculino, son colonizadas por la cultura gay (Jeffreys, 1996) que es, ante todo, cultura masculina. Ahora bien, la ruptura con la exclusividad sexo-afectiva ha tenido fuerte influencia en relaciones de las lesbianas -en particular de las lesbianas feministas, al ser éstas las que usualmente critican la monogamia como instrumento patriarcal-. Pero esta ruptura, al ser importación de la crítica superficial y utilitaria de los hombres a la monogamia, implica que no se desmonta la institución del amor romántico y la pareja, sino que se multiplica, al considerar que tener varias parejas es transgresor. Además, se homogeneiza la crítica a elementos destructivos como los celos masculinos, relacionadas con la posesión de las mujeres como objeto que no se comparte, cuando en las mujeres, lo que se conoce como celos dista mucho de ser igual a los de los hombres: en las mujeres se trata de una inseguridad arraigada en la idea de que tenemos que hacernos deseables y ganarnos el amor de un hombre, siempre con la amenaza de que éste puede reemplazarnos por otra mercancía más nueva que le resulte más útil. Homogeneizar la vivencia del amor en los hombres y en las mujeres atraviesa por silenciarnos, por negar las heridas profundas que las mujeres cargamos en un sistema que nos violenta desde que nacemos hasta que morimos, más aún, silenciar las heridas de las lesbianas que hacen que bajo ninguna circunstancia se pueda igualar la manera en que amamos y nos relacionamos las lesbianas con la forma en que se relacionas las heterosexuales con los hombres y mucho menos con la forma en que los hombres poseen a las mujeres. El poliamor que cuestiona la monogamia es, entonces, creado desde las lógicas y simbólicas masculinas, por ello, cuando las lesbianas intentan replicarla (en esta dinámica de aspirar a las pautas que los hombres marcan para nosotras, incluso para decirnos cómo será nuestra liberación), se convierte en una trampa doblemente filosa. Por un lado, al no cuestionar nuestro deseo y sus vestigios heteropatriarcales, y simplemente replicar la libertad sexual como la entienden los hombres, en términos de cosificación y consumo “libre” de cuerpos, somos susceptibles de intentar llenar carencias, vacíos y dolores históricos mediante un consumo de otras que es violento para ambas partes. Este consumo no es igual al que ejercen los hombres, porque todo el sistema está dispuesto para que ellos sean poseedores y nosotras poseídas, pero se convierte en una mezcla del ser-cuerpo-para-los-otros, con la necesidad de sentirnos deseadas como un reflejo de la profunda necesidad de sentirnos amadas y por ello, de emparejarnos compulsivamente (Rosso, 2009) ya sea eterna, o momentáneamente, afectiva o sólo sexualmente, con una o con varias personas, con la falacia de la liberación sexual.

La soledad es uno de los monstruos que el heteropatriarcado ha erigido para aterrorizarnos y mantenernos atadas perennemente a los hombres, pero mediante el amor romántico, también a las lesbianas nos dice que debemos estar siempre emparejadas sexual o afectivamente . Las formas para evitar esa soledad tienen guiones claramente pautados por el mismo sistema: la sensación de incompletud, de soledad, ha de ser llenada ya sea por una pareja monógama, varias poliamorosas o diversos encuentros sexuales en el bar feminista de moda, pero llenada siempre con otra persona que nos interesa solo en tanto pues llenar ese vacío. Esa insatisfacción en la soledad es una potente forma de control hacia las mujeres, porque se convierte en una motivación vital, una búsqueda permanente que nos distraerá siempre de nosotras mismas, incluso mediante la multiplicación del esquema del amor romántico: poli-amor, varios amores, sin tocar las raíces que definen nuestro concepto del amor, sin tocar el amor romántico o mediante la reproducción de la cosificación masculina de las mujeres como objetos de deseo, de consumo y deshecho. En ninguno de esos dos esquemas se tocan las raíces opresivas del amor romántico: la heterosexualidad, la cosificación y sexualización, el ser-cuerpo-para-otrxs, y en negar a las mujeres la posibilidad existencial del ser-en-sí-mismas.

En el caso de las lesbianas, la colonización masculina se ha manifestado sobre todo mediante la ”cultura gay” (que pretende abarcar, como en el masculino genérico, a las lesbianas, pero que pertenece a los hombres). Esto incluye, por ejemplo, la cultura de los cuartos oscuros[4] -oda al sexo instantáneo-, el consumo capitalista de cuerpos como objetos, el sexo compulsivo y el deseo insaciable, tan a tono con el capitalismo. Y entonces, de nuevo, aunque no seamos heterosexuales, nuestras dinámicas están marcadas por las lógicas y necesidades de los hombres. Nuestra sexualidad y nuestros vínculos lésbicos -aburridos y obsoletos en tanto de mujeres- necesitan evolucionar para ser como los de los hombres: el sexo anónimo, rudo, sin afecto, el sadomasoquismo, el consumo compulsivo de cuerpos se nos muestran como la aspiración de la civilización avanzada: la masculina. Siempre me he preguntado ¿en qué momento creímos que nuestra liberación era ser como los hombres? ¿cómo es que creímos que nuestra liberación atravesaba por replicar las prácticas de nuestros opresores? No lo sé.

Entonces ¿por qué tener varias parejas sexo-afectivas, o únicamente sexuales, simultáneamente, no está haciéndonos más felices, ni liberándonos de la opresión patriarcal ni de la compulsión capitalista, sino a veces incluso significa nuevas formas de esclavizarnos? Porque, de nuevo y como siempre, si no vamos a las raíces y seguimos sólo en la superficie -que es la exclusividad sexual o afectiva- sólo estamos colaborando con la adaptación del sistema que modifica sus manifestaciones, pero mantiene sus fundamentos. Si seguimos manteniendo la idea de la pareja-centro (en singular o en plural), seguimos reproduciendo un esquema que nos enajena, que absorbe nuestras energías en una -o unas- personas en quienes depositamos expectativas y colgamos la responsabilidad de llenar un hueco que nos convencen que tenemos, y cuya vacante se llena con quien sea que cubra el perfil, como un objeto que se define por mis necesidades y no como una mujer que se define en y a sí misma.

Mientras no veamos a las otras como pares, como sujetas autónomas, mientras no desmontemos las raíces del amor romántico heteropatriarcal que nos hace, por un lado, desear compulsivamente emparejarnos sexual o afectivamente y por otro, cosificar a las otras como los objetos que nos dijeron que somos, para consumir y llenar esa necesidad, no podremos construir vínculos transformadores. Aunque pareciera que las lesbianas rompen con la misoginia de la rivalidad heterosexual impuesta a las mujeres -por competir entre ellas por la atención, deseo o amor de los hombres- si replicamos el esquema del amor romántico, la parejocracia o la sexualización de las mujeres, esta misoginia y rivalidad siguen intactas, sólo que disfrazadas de transgresión, así como pasó con la liberación sexual: quien tiene más parejas simultáneas es más liberada, quien más cuerpos consume es más subversiva.

Los vínculos entre mujeres siempre han sido transgresores para el sistema heteropatriarcal, por eso han sido castigados, prohibidos o simplemente minimizados, relegados a un plano segundón de “simple amistad”, siempre supeditados al “verdadero amor” (de un hombre), pero si en estos vínculos replicamos el esquema heteropatriarcal ¿qué nos queda? La enajenación, cosificación y el relegar las relaciones con las mujeres que no son nuestra(s) pareja(s). La sobrevaloración de los vínculos sexuales, que responde a la hipersexualización de los cuerpos de las mujeres propia del patriarcado, nos evita ver a las otras como sujetas, pares, mujeres íntegras que son más que la reacción estética que nos provocan, que son más que la expectativa que tenemos de que llenen nuestros vacíos. Son mujeres autónomas, tales como nosotras deberíamos enfocarnos en ser.

El acto radical de des-sexualizar a las mujeres (que es radical en tanto los hombres nos han construido únicamente como sexo) conlleva horizontalizar nuestros vínculos, construirlos con compromiso ético y basándonos en las necesidades mutuas y que son diferentes y únicas en cada persona y en cada vínculo. El erotismo entre pares como un continuo en la vida de las mujeres, como parte del continuuum lésbico (Rich, 1980) es muy diferente a la centralización del sexo en nuestros vínculos y su jerarquización, con la predeterminación de éstos según la receta de la pareja (aunque sea multiplicada), y con la autoconstrucción como cuerpos-objetos de deseo.

Los vínculos no jerarquizados, horizontales y comprometidos éticamente entre mujeres son transformadores porque son políticos: rompen con el amor romántico como estructura de sujeción patriarcal y dependencia a los hombres, con la rivalidad entre mujeres y la subordinación de nuestros vínculos, devolviéndonos a nosotras mismas y a las otras-pares al centro de nuestras vidas. Las amistades políticas (Pisano, 2004) constituyen redes de apoyo emocional, afectivo, social y económico entre mujeres, por ello son aterradoras para el sistema, porque rompen con nuestra dependencia y servidumbre a los hombres que es la base de este sistema, pero también rompen con la fragilidad de las relaciones de pareja como centro de nuestra estabilidad. Por eso es mucho mejor fomentar nuestra enajenación en el emparejamiento compulsivo o en el consumo de mujeres en tanto sexo, porque estas dinámicas son más inocuas para el patriarcado (de los males, el menos) que la construcción de vinculaciones profundas, comprometidas, políticas y transformadoras. Además de que es redituable para el sistema y no constituye una amenaza: es mucho más sencillo asistir los sábados a la fiesta transgresora en una casa con luces tenues y consumir no sólo alcohol y lubricantes, sino también cuerpos, y volver a casa con nuestra zona de confort intacta, con nuestras heridas y vacíos a medio llenar, que el trabajo consciente y profundo de transformar nuestra forma de relacionarnos, porque eso implica transformar nuestra forma de estar en el mundo, nuestra forma de entendernos como sujetas e implica, en última instancia, una verdadera autonomía y una verdadera creación de nuestro propio ser-mujeres, de nuestro propio ser-lesbianas, sin la predeterminación de los hombres.

Construir afectos contra-amorosos (Neri, 2011), que cuestionen ese constructo del amor que es de los hombres, implica ética, compromiso, esfuerzo, voluntades conjuntadas: no es sencillo, implica una apuesta vital. Pero si algo no transforma nuestras vidas, no está transformando nada. Es un proyecto de toda la vida ser capaces de vincularnos con otras mujeres desde otros lugares, construir afectos horizontales, asumir los conflictos, diferencias y contradicciones, construir consenso y también abrazar las separaciones cuando el vínculo no es sustentable, nutritivo o mutuamente enriquecedor. Ver las separaciones como fracasos también es herencia del amor romántico que quiere sujetarnos a una expectativa que cosifica a la otra en tanto le exige llenar nuestras carencias de forma permanente y a costa de nuestro propio crecimiento. Ver a la otra como sujeta autónoma y desear el bienestar mutuo implica también asumir que la otra existe por fuera del vínculo y desterrar el mandato de incondicionalidad (otra herencia del amor romántico). Finalmente, la construcción del amor por una misma, la sanación de nuestras heridas históricas en tanto mujeres y en tanto lesbianas, no es un lujo, sino un prerrequisito ineludible si queremos construir relaciones sanas y sanadoras entre mujeres. El trabajo emocional que nos saque del lugar de dependencia de esos vínculos enajenantes, que nos saque del lugar de ser para otros y jamás para nosotras mismas, que nos ayude a reconocer nuestras heridas para poder después sanarlas, es una necesidad política imperante para las lesbianas: para todas las mujeres.

Los vínculos entre mujeres -al margen de la presencia, dependencia, servidumbre, mirada y aprobación de los hombres- son tan transgresores que son negados, cuestionados y castigados incluso por las mujeres, incluso por las feministas, incluso por las lesbianas. Pero son estos afectos políticos los que construyen nuevos horizontes de vida, horizontes de transformación y liberación para las mujeres porque quiebran su eterna ligazón con los hombres, rompen con la heterosexualidad obligatoria que nos coerciona para ser de y para ellos, pero no sólo con eso, sino con todo el simbolismo masculino que quiere colonizar incluso nuestra forma de amar, incluso nuestra forma de liberarnos.

Pero como todo horizonte que busca quebrar con mandatos y guiones, no está dado. No hay paraíso edificado al cual llegar, no hay caminos trazados ni respuestas contundentes: lo que se abre con estos vínculos políticos de la lesbiandad son infinitas posibilidades, mismas que en la heterosexualidad están selladas. Estas posibilidades abren caminos para construir, paso a paso y con voluntad crítica, nuevos mundos posibles para las mujeres. Y para construir se necesita creatividad: la energía creadora que las mujeres siempre hemos tenido, pero ha querido ser silenciada. Las propuestas se construyen desde nosotras, desde nuestras certezas, pero también verbalizando nuestros miedos, imposibilidades y dudas, se construyen en colectividad. Y la puerta está abierta, existe, por ejemplo, la reflexión corporeizada de la amatoria entre mujeres, de Selene Romero y Sacbé González, existen los espacios de intercambio donde vamos construyendo y errando. Lo más importante es que seamos conscientes de lo que hacemos, por qué lo hacemos y desde dónde lo hacemos. Que seamos conscientes de si estamos importando, replicando y admirando las lógicas que los hombres inventaron para sí, que los explican a ellos y que les sirven ellos, o si realmente estamos construyendo algo nuestro. Las pistas están ahí: nuestra cuerpa nos dice si estamos cómodas, si nos sentimos seguras, si nos sentimos felices, si algo realmente tiene sentido para nosotras, si nos explica, si nos llama, si nos convence. Volvamos a escucharnos y a confiar en nuestra intuición: está ahí para susurrarnos el camino que nos llevará a ser cada vez más libres, más plenas, más autónomas.

Referencias

Colette, Guillaumin [1978] (2005). “Práctica de poder e idea de naturaleza”, en: Curiel, Ochy y Jules Falquet (comps.) El patriarcado al desnudo. Tres feministas materialistas. Brecha Lésbica. Buenos Aires.

Franca Basaglia (1983). Mujer, locura y sociedad. Universidad Autónoma de Puebla. México.

Jeffreys, Sheila (1996). La herejía lesbiana. Una perspectiva feminista de la revolución sexual lesbiana. Cátedra. Valencia.

Lagarde y de Los Ríos, Marcela (1990) Identidad Femenina. S.n. México.

Neri Arriaga, Diana (2011). “Contramor no dicotómico, sí alternativo”, s.n., México.

Pisano, Margarita (2004). El triunfo de la masculinidad. Fem-e-libros. Chile.

Rich, Adrianne [1980] (1996). “Heterosexualidad obligatoria y existencia lesbiana”, en: DUODA Revista D’Estudis Feministes, núm. 10. Barcelona, pp. 15-45.

Rosso, Nadia (2009) “La monogamia como pre-definitoria del amor; el poli-amor como estrategia política”, s.n. México.

Wittig, Monique [1981] (2006). El pensamiento heterosexual y otros ensayos. Egales. Madrid.


[1] Reedición de la ponencia elaborada en el marco de la presentación del libro Contra-amor, poliamor, relaciones abiertas y sexo casual. Reflexiones de lesbianas de la Abya Yala, compilado por Norma Mogrovejo, ed. Desde Abajo, Bogotá, 2016, realizada en el Museo del Estanquillo, Ciudad de México, 21 de enero de 2017.

[2] Seudónimo de Nadia Violeta Olarte Rosso, lingüista, antropóloga social, docente, tallerista y lesbofeminista.

[3] Término acuñado para enfatizar que el patriarcado sin heterosexualidad no existiría, y que por tanto ambas instituciones son una misma.

[4] Lugares privados dónde se cobra para entrar y que son, literalmente cuartos oscuros destinados a encuentros sexuales totalmente anónimos, clandestinos y fugaces entre hombres.

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